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miércoles, 16 de mayo de 2012

Por qué soy anglicana y creo que permaneceré siéndolo

Por Natacha-Ingrid Tinteroff. Traducción y aportación, de Javier Otaola.
“He aprendido de Chenu que el pensamiento es sagrado; lo intelectual contiene lo espiritual [1]”.
Como miembro comulgante de la Iglesia de Inglaterra, soy anglicana porque creo que el Anglicanismo constituye la única tradición Cristiana donde puedo vivir plenamente mi vocación bautismal y ser testigo de Cristo [2]. De hecho, he elegido unirme a la Iglesia de Inglaterra que es ahora mi casa espiritual precisamente por la “catolicidad integral” del Anglicanismo.
Mi primera experiencia del culto anglicano fue un servicio de Vísperas, un lluvioso día hace unos trece años. Mi intención ese día era conocer el estilo de la Iglesia de Inglaterra, sin un especial compromiso. Sin embargo mi vida ha cambiado para siempre desde ese día. Es muy difícil describir con palabras adecuadas lo que sentí durante el servicio religioso. Mi corazón fue atrapado por “la humildad asombrada ante los divinos misterios de la fe” y el lenguaje no es competente para “definir la última paradoja de la experiencia” [3]. Fui  llevada literalmente “al borde del caos en presencia de Dios” [4].
Por primera vez en mi vida encontré a Dios durante un servicio religioso. Su presencia me rodeó y Su amor se me hizo presente llenándome de paz y provocándome una experiencia de elevación. La atmósfera extraña y emocionante del servicio me permitió orar de una manera completamente nueva para mí. Mientras que normalmente me sentía oprimida por las malas liturgias que me hacían sufrir, en esa ocasión, repentinamente experimenté una comprensión liberadora que despertó en mí ser más íntimo una nueva serenidad. Mi mente oscurecida fue  deslumbrada por una luz radiante. Me sentía vinculada  a una tradición en la que mi vida presente era fuertemente conectada con un antiguo pasado. Especialmente, me sentí conmovida por el poder de una música que me conducía a través de un profundo proceso espiritual admirablemente descrito por Richard Hooker: The very harmony of sounds being framed in due sort and carried from the ear to the spiritual faculties of our souls is by a native puissance and efficacy greatly available to bring to a perfect temper whatsoever is there troubled, apt as well to quicken the spirits that which is too eager, sovereign against melancholy and despair...[5].
Vine enferma, hambrienta y sedienta; y quedé saciada, curada y renovada por la belleza de lo sagrado. Como ha expresado en el siglo XVII el poeta George Herbert de manera tan hermosa, sólo tuve que sentarme y comer [6], gustando “la visión del Amor misericordioso y lleno de acogedora gracia,” o “el corazón de la Espiritualidad Anglicana” [7]. El servicio de Vísperas fue la liturgia que me permitió tener “el conocimiento de Dios que sólo puede venir orando a Dios” [8]. Esa experiencia provocó mi conversión, del mismo modo que San Pablo se convirtió en su viaje a Damasco, y esa experiencia me ha permitido entender que mi oración está confirmada por la vía anglicana a la fe ilustrada por el antiguo adagio “Lex orandi lex credendi”, basado sobre el argumento utilizado por el monje Próspero de Aquitania, que en el siglo V, escribió en su Capitula Coelestini que “los ritos de la oración sacerdotal (...) son celebrados de tal modo que el orden de la oración determina el orden de la fe”[9]. El entendimiento ordinario postula que la sustancia de la oración determina la fe del que ora. Eso implica que la doctrina de la iglesia se funda en sus recursos litúrgicos y es entendida a través de los textos litúrgicos. Esto es particularmente verdad en el caso de la Iglesia de Inglaterra cuya doctrina, de acuerdo con su derecho canónico, se funda en The Thirty-nine Articles of Religion, The Book of Common Prayer, and the Ordinal [10]. Eso significa que, primero, dos de estas referencias históricas de la Iglesia de Inglaterra están constituidas por fuentes litúrgicas, y en segundo lugar, que las fuentes escritas de la autoridad doctrinal son muy limitadas. Sin embargo, la doctrina Anglicana, se sostiene  “sobre el sonido de las campanas de la Iglesia,”[11] como Michael Ramsey señaló, mas que en un sofisticado sistema normativo.  Esa doctrina se caracteriza por manifestarse con cierta parsimonia. De hecho, la modestia doctrinal es una consecuencia y una buena ilustración del rasgo más definitorio del entendimiento Anglicano del papel de la Iglesia: el principio de adiaphora, que implica que las creencias Anglicanas toleran la diversidad en todo aquellas “cosas que no establecen una diferencia, en materias consideradas no esenciales, cuestiones acerca de las cuales uno puede discrepar sin dividir la Iglesia”.[12] Este principio está proclamado en el artículo treinta y cuatro: “It is not necessary that traditions and ceremonies be in all places one or utterly alike; for at all times they have been diverse, and may be changed according to the diversity of countries, times, and men's manners, so that nothing be ordained against God's word”.[13]
La idea de adiaphora revela la moderación Anglicana que practica “la política de reservar las afirmaciones y convicciones fuertes para las pocas cosas que las merecen”.[14] Esta circunspección, así como su fundamento en la liturgia y en la práctica, distingue la tradición Anglicana de la Católico-Romana, esta última caracterizada por un sobredimensionado sistema doctrinal, materializado en un permanente, y constantemente creciente, acervo de documentos, la mayor parte de los cuales son de carácter jurídico-canónico.