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lunes, 15 de octubre de 2012

Cuestión de equilibrio


Aunque no hallamos en nuestras versiones bíblicas al uso ningún versículo concreto que nos diga literalmente algo así como sed equilibrados, todo el contexto de las Escrituras rezuma un equilibrio nacido de las tensiones dialécticas propias de su mensaje, y hasta de la manera en que fueron redactadas. Y no es porque, como en épocas pretéritas algunos estudiosos gustaban de señalar, los textos bíblicos se hicieran eco de aquel pensamiento socrático expresado en la sentencia medén agan (“nada en exceso”), sino porque la propia dinámica de la revelación bíblica así lo impone. Ahí está, sin ir más lejos, el conocido texto del Eclesiastés (7, 16) que reza: No seas demasiado justo, ni seas sabio con exceso, para concluir con la pregunta: ¿por qué habrás de destruirte? Por no citar otros pasajes que vienen a indicar, aunque con términos y en contextos diferentes, la misma idea.
El creyente ha de ser equilibrado como principio rector de su vida, algo que representa más un desafío que una realidad palpable, siendo que estamos inmersos en una sociedad que, no solo se muestra altamente desequilibrada en todos los sentidos, sino que pareciera promover el desequilibrio como regla, lo cual no deja de ser una contradicción que tarde o temprano pasa factura. El no saber hallar el punto exacto entre dos extremos, inevitablemente nos conduce a cualquiera de ellos. Y los extremos, como evidencia el día a día, resultan peligrosos, por no decir destructivos.
Personalmente, nos preocupa mucho el estado de desequilibrio en que se hallan sumidos muchos creyentes actuales en relación con su concepción de la fe, de la vida cristiana, o incluso de la propia Biblia, lo que, quiérase o no, incide de forma muy directa en su planteamiento de la realidad, y condiciona sus comportamientos y reacciones frente al entorno. Por no mencionar sino tres ejemplos muy patentes —demasiado patentes, a decir verdad—, nos referiremos en primer lugar a la idea tan extendida de que “no somos del mundo”. Estas palabras, entresacadas de una sentencia dicha por Jesús y recogida por el Evangelio de Juan 15, 19, se interpretan en amplios círculos como la necesidad absoluta de un rechazo frontal a todo cuanto implique el concepto “mundo”, siempre negativo. Lo que en labios de Jesús apunta a una condena al entramado político-religioso bien concreto de un judaísmo alejado de la prístina fe de Moisés y los profetas, capaz de condenar a muerte al propio Mesías enviado por Dios, ha tomado los tintes oscuros de una repulsa a la sociedad en general, incluso sus logros, y lo que es peor, su gente. ¿Cuántas veces no habremos escuchado palabras despectivas para con “esos del mundo”, que son precisamente aquellas “otras ovejas” que Cristo ha venido a rescatar? En siglos pretéritos de la historia del cristianismo, esta misma interpretación, llevada a un extremo, condujo a muchos creyentes a refugiarse en monasterios buscando tras sus muros pétreos una paz y una pureza que “el mundo” les negaba. Cuando la Iglesia medieval formuló el ideal de la vida monástica como una fuga sæculi (“huida del siglo presente”) y un contemptus mundi (“desprecio de este mundo”), no estaba demasiado lejos de tantos creyentes actuales que en todo ven maldad y perversión, y de todos se quieren guardar, sin darse cuenta de que el pecado está entretejido en los propios genes de toda la especie humana, no solo de una parte, y de que el espíritu de Cristo no es de condenación de los hombres caídos, sino de redención. En palabras del propio Jesús, es “el príncipe de este mundo” quien ha sido juzgado (¡y sentenciado!), pero Dios “amó al mundo de tal manera que dio a su Hijo Unigénito”. Un cristiano contemporáneo que viva su fe de forma equilibrada no necesitará andar huyendo de enemigos en ocasiones ficticios ni refugiándose tras falsos muros de tramoya. Cristo nos ha colocado en este mundo precisamente para que seamos luz. Y una luz se pone sobre el candelero —es decir, es bien visible—, y alumbra a todos (Mateo 5, 15).
En segundo lugar, encontramos en nuestros medios una grave distorsión de la realidad de la propia Escritura. Escuchando a ciertos creyentes, algunos de ellos hasta predicadores profesionales o profesores de ciertos seminarios, y, se supone, con cierta formación teológica, daría la impresión de que la Biblia hubiera sido publicada ayer mismo por primera vez y que hubiera caído del cielo tal como la leemos, es decir, en la lengua o la versión con la que estamos más familiarizados. Se dice en ocasiones que este fundamentalismo escriturario, que está haciendo verdaderos estragos en denominaciones evangélicas enteras, por no incluir también a las sectas, se explica como reacción al liberalismo teológico alemán del siglo XIX y a los trabajos críticos del siglo XX. Si es así o no, lo cierto es que aquel liberalismo decimonónico ya no existe, salvo en los manuales de historia de la teología contemporánea, y que los estudios críticos de las Escrituras, que en la mayoría de las ocasiones inciden sobre cuestiones puramente lingüísticas o literarias, lo único que hacen es contribuir a nuestro enriquecimiento, por darnos a conocer datos de inigualable valor sobre cómo se fueron componiendo los distintos libros que engrosan el Sagrado Canon y cuál era el significado exacto de algunos términos o expresiones de las lenguas originales de la Biblia que podrían pasar completamente desapercibidos en nuestras traducciones de hoy, llegando incluso a falsear por completo el sentido de los textos. Quienes desgraciadamente se empecinan en condenar como “diabólico” o “satánico” cualquier estudio crítico sobre los escritos bíblicos, caen siempre en la trampa de un literalismo despiadado que les priva de comprender el mensaje original o el sentido primordial de muchos pasajes escriturarios, y acaban profesando un fanatismo irracional en relación con algunas doctrinas o enseñanzas bíblicas, con lo que, en lugar de ensalzar el mensaje de la Palabra de Dios, en realidad lo arrastran por los suelos y lo exponen a la burla y el desprecio de muchos incrédulos. Un creyente equilibrado hallará que la inspiración de la Biblia no es incompatible con el talento humano —¿no son acaso las 

lunes, 24 de septiembre de 2012

¿Qué hacemos con el Antiguo Testamento?


Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos. (Hebreos 4, 12a RVR60)
Puede parecer tal vez que titulamos esta reflexión de hoy con una pregunta sin demasiado sentido en un medio evangélico, pero no lo es. La experiencia nos ha venido confirmando año tras año de forma bastante tenaz que los treinta y nueve libros de la primera parte de la Biblia constituyen un problema no pequeño para muchos creyentes reflexivos, desde niños y jóvenes de nuestras escuelas dominicales hasta los pastores que han de leer, meditar y estudiar los textos que preparan para la predicación, pasando por tantos miembros de nuestras iglesias a quienes su lectura desconcierta o llega incluso a herir profundamente la sensibilidad en pasajes e historias muy concretas.
Por un lado, a nadie se le oculta que el Dios del Antiguo Testamento parece estar muy lejos —y muy por debajo— del Padre Celestial que encontramos en el Nuevo, tanto por su frecuente intrascendencia (un Dios que se pasea por un huerto al caer la tarde; que acepta la hospitalidad de un ser humano y come de lo que le preparan, o que participa de un banquete con seres humanos en lo alto de un monte), como por su actuación un tanto desmedida (plagas devastadoras, muertes inmisericordes, castigos brutales, amenazas despiadadas), y sobre todo, sus mandatos y disposiciones, en ocasiones totalmente inhumanos (el genocidio cananeo, nunca del todo concluido, o las propias leyes de Moisés en las que se sanciona la poligamia y la pena de muerte, por ejemplo).
Por otro, en sus páginas nos encontramos con toda una serie de personajes exaltados que, lejos de ser esos modelos de piedad cristiana con que en ocasiones instruimos a nuestros pequeños, se presentan demasiadas veces como unos auténticos canallas: Abraham, padre de los creyentes, además de polígamo y sensual (no solo fue el asunto de Agar; tuvo otra esposa después de Sara y unas cuantas concubinas), se muestra totalmente amoral y cobarde en Egipto en relación con la dignidad de su mujer. Otro tanto hizo su hijo Isaac con Rebeca en su relación con el rey de los filisteos. Jacob es un tramposo nato que se pasa la vida engañando y siendo engañado (¡Donde las dan las toman!). José está muy lejos de ser un ideal de virtud, pues se muestra cruel con sus hermanos hasta extremos insospechados cuando se ve en posición de autoridad. El comportamiento de algunos jueces, como Sansón, es lo más opuesto al Evangelio que podamos imaginar. De los reyes David y Salomón, mejor no hablar. Elías el profeta tiene todos los rasgos de un fanático intransigente, como otros mensajeros divinos que jalonan ciertos libros o que llevan sus nombres. Jonás está en las antípodas de lo que ha de ser un servidor de Dios. Algunos videntes, como Ezequiel, parecen mostrar signos de trastornos psíquicos, según algunos estudiosos. La historia de Ester y Mardoqueo exalta la falta de escrúpulos que tradicionalmente se ha atribuido a los judíos. Y suma y sigue.
No. No carece de sentido la pregunta ¿qué hacemos con el Antiguo Testamento?
Quizás sea mejor empezar diciendo lo que no se debe hacer con él.
No se debe rechazarlo en bloque, como han venido haciendo en el seno del cristianismo algunos grupos marginales muy concretos, empezando por los marcionitas del siglo II, y han propugnado algunos pensadores y teólogos, incluso muy recientes. El hecho de que el propio Señor Jesús y los apóstoles manifestaran hacia los escritos veterotestamentarios la veneración y el respeto que solo debe tributarse a la Palabra de Dios, y que fundamentaran en ellos sus enseñanzas, debe ser un indicativo para nosotros.
No se debe tampoco caer en la trampa de pretender justificarlo todo, como se oye en algunos púlpitos o se lee en cierta literatura fundamentalista de gran difusión. Difícilmente se puede respaldar un comportamiento claramente inmoral o disculpar una actuación a todas luces equivocada, por muy ilustre que fuera el personaje en cuestión que los protagonizara o por mucha sanción divina que se le pretendiera dar. Este tipo de “labores de salvamento” nunca benefician al texto bíblico en sí ni a los que con tanta pasión salen en su defensa, ya que se manifiesta con ello una evidente inseguridad. Dios no necesita defensores; él es quien defiende a su pueblo. No es en absoluto de recibo proyectar una imagen divina errónea que puede distorsionar por completo la enseñanza suprema de Jesús, ni jugar a la rejudaización o rehebraización —discúlpense estos términos, que no se hallan en el diccionario— de la Iglesia y haciendo entrar con calzador “normas”, “leyes” y “disposiciones sagradas” que ya han sido más que superadas por la vida y la obra del Mesías. Estas cosas hacen de muchas iglesias auténticas sectas, aunque no quieran reconocerlo.
Y desde luego, lo que bajo ningún concepto podemos admitir es esconder la cabeza al más puro estilo de los avestruces cada vez que surge una pregunta o se plantea una dificultad en torno a los treinta y nueve libros del canon hebreo, como si no sucediera nada.
El Antiguo Testamento, en efecto, supone para los lectores cristianos un problema que no podemos obviar. Pero preferimos emplear más bien el vocablo “desafío” por dos razones fundamentales.
La primera, porque los escritos del Antiguo Pacto constituyen la única Palabra de Dios que conoció Jesús y que empleó la primera Iglesia cristiana cuando aún no existía el Nuevo Testamento o estaba en proceso de formación. Es esa Palabra con mayúscula que el autor de Hebreos califica de viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos, como citábamos en el encabezamiento, y que ha servido de fundamento doctrinal y de consolación a millones de creyentes desde los primeros siglos hasta hoy. En ningún credo ni ninguna confesión de fe de la Iglesia cristiana universal se ha rechazado o eliminado de un plumazo; al contrario, siempre se la ha tenido en cuenta para escuchar en ella la voz del Dios Creador y Redentor que habla a su pueblo. Ningún creyente actual que se acerque con la debida reverencia a los libros veterotestamentarios debiera pasar por alto este hecho.
La segunda, porque se trata de una Palabra de Dios vivamente enraizada en un pueblo, unas circunstancias y un mundo que hoy ya no existen, y que ha llegado hasta nosotros por una especial disposición de la Providencia para impulsarnos a leerla, estudiarla y meditarla con la máxima atención y con todos los medios a nuestro alcance.
Aunque no falten quienes se empeñan en negarlo, uno de los más graves y más acuciantes problemas de nuestro mundo evangélico contemporáneo es la imperiosa necesidad de personas bien formadas en las ciencias bíblicas, que no tengan miedo a los avances de la crítica, y que, siempre bajo la dirección del Espíritu Santo, sepan extraer de esas antiguas Escrituras el mensaje fundamental, al mismo tiempo que nos puedan explicar con claridad cómo se fueron gestando esos libros, los procesos a veces muy largos por los que pasaron, los materiales, documentos de base y tradiciones que sus autores (¡Siempre divinamente inspirados, por supuesto! ¡Nunca lo olvidemos!) supieron recopilar y ensamblar de forma magistral hasta sacar a la luz esa obra de arte y patrimonio de la humanidad que es el Antiguo Testamento.
Necesitamos siervos de Dios debidamente instruidos que en los púlpitos y en los estudios bíblicos nos eduquen —sí, es la palabra— para una lectura inteligente y piadosa de estas queridas Escrituras Hebreas que no nos haga rasgarnos las vestiduras ante ciertas historias o declaraciones que aparecen en sus páginas, ni nos predispongan en contra de quienes han consagrado su vida a su estudio científico, ya que sus hallazgos arrojan gran luz sobre aquel mundo tan primitivo, tan confuso en ocasiones, pero en el que Yahveh, el Dios Redentor, quiso revelarse por pura misericordia y por pura Gracia a un pequeño pueblo semibárbaro —¿a quién no embrutece la esclavitud?—, infiel e ingrato.
La lectura del Antiguo Testamento siempre supondrá una gran dificultad mientras no seamos conscientes de que sus capítulos y versículos reflejan una tensión insoportable entre la condición puramente humana (¡un poco demasiado humana a veces!), es decir, caída y rebelde, del antiguo pueblo de Israel, y el Dios que se acerca desde el primer momento para rescatar, para redimir, en una palabra, para salvar. Y esa tensión en ocasiones se decanta por rasgos sublimes, como el relato de la Creación de Génesis 1 o tantos cánticos que aparecen en los Salmos o en los libros de los profetas, en los que Dios (¡y hasta el hombre!) aparecen en toda su grandeza, pero a veces rebaja incluso al propio Dios prestándole palabras y hechos groseramente humanos e incompatibles con lo que sabemos mejor de él a través de Jesús.
Espada de dos filos, leíamos antes. Pues es cierto. La grandeza y la miseria del Antiguo Testamento, de sus a veces discutibles imágenes divinas, de su crudo realismo en relación con sus personajes humanos más destacados, dañan muchas veces al lector, ya lo hemos apuntado. Ningún creyente puede acercarse alegremente a los treinta y nueve libros de la Biblia Hebrea sin ser literalmente sacudido por sus relatos, sus imágenes vitalistas y sus mensajes. De ahí su importancia.
De ahí finalmente el valor que Jesús le atribuía. Y Jesús es la Palabra hecha carne.

Sobre Juan María Tellería Larrañaga

Juan María Tellería Larrañaga Ha publicado 32 articulos en Lupa.
El pastor Juan María Tellería Larrañaga es en la actualidad profesor y decano del CEIBI (Centro de Investigaciones Bíblicas),Centro Superior de Teología Protestante.
Fuente: Lupa Protestante

viernes, 22 de junio de 2012

Las viudas olvidadas


Escrito por Vicente Rocamora para La Luz Digital (Revista de la Iglesia Española Reformada Episcopal IERE, Comunión Anglicana).
 - Ninguna viuda ni huérfano afligiréis.   Éxodo 22:22
Estamos en Europa sufriendo una crisis que es más que una simple crisis económica, estamos sintiendo en nuestras carnes lo que antes éramos incapaces de sentir,  podríamos aprovechar esta circunstancia  para aprender a empatizar.
Es una crisis moral, de ausencia de justicia y de piedad.
Estamos abriendo los ojos a una realidad que nos muestra la falta de cimientos de nuestra  cultura,  cae el sistema económico y caemos todos en el vacío, en una enorme nada.
Si  no poseemos no somos nada y nos desespera.
Con la crisis está cayendo nuestro orgullo, nuestra estúpida vanidad de ciudadanos ricos en un mundo privilegiado por el crimen, por el abuso de los recursos naturales,  por la avaricia sin techo de los poderosos,  pero también de los que no siendo poderosos, hemos hecho del poseer cosas, la medida de lo que somos.
Caemos en la cuenta de que la  “calidad de vida” de los ciudadanos europeos, tenía mucho que ver con la explotación de los recursos naturales y del mantenimiento en la pobreza de los países que nos suministraban lo que necesitábamos para ser países ricos.
Hoy los europeos somos un continente castigado por la adversidad, pero esa adversidad  podemos reconvertirla en renacimiento.
Nos damos cuenta de que los políticos elegidos por el pueblo no tienen poder real, que quienes ostentan el poder son gentes en la sombra, la Banca Internacional y las grandes corporaciones multinacionales, tiene más poder que los propios gobiernos nacionales,  convirtiendo la Democracia en una fantasía, una estafa  colectiva bien orquestada y coordinada.
Observamos que quienes han creado el problema exigen a los gobiernos que les salven de sus errores, y los gobiernos acuden al rescate sin reparos. Convirtiéndose la crisis económica en una crisis de Justicia.

sábado, 26 de mayo de 2012

Meditar… según la Biblia



("¡Enséñame a cumplir tus mandatos y a pensar sólo en tus maravillas!" Biblia en lenguaje actual)
Hazme entender el camino de tus mandamientos,
para que medite en tus maravillas.
Salmo 119:27.
("Me paso la noche en vela meditando en ella (en la Palabra).")
Se anticiparon mis ojos a las vigilias de la noche,
para meditar en tus mandatos.
Salmo 119:148.
El verbo «meditar» significa: «Aplicar con profunda atención el pensamiento a la consideración de una cosa» (Diccionario de la Real Academia Española). El creyente es invitado a meditar el texto de la Biblia a fin de que se deje impregnar por él y así saque un verdadero provecho para su vida diaria.

El término «meditación» es empleado por aquellos que se consagran a las religiones orientales y a prácticas como el yoga. En estas meditaciones el objetivo es tratar de llegar a no pensar en nada, a pesar de todos los peligros que esto conlleva.

Pero ésta no es la meditación cristiana, pues esta última es una verdadera reflexión libre que compromete nuestra inteligencia iluminada por el Espíritu de Dios. Es una meditación espiritual en la que nuestra mente se pone en relación con Dios por medio de su Palabra. Así es como escuchamos a Dios. Esta palabra viva, recibida por la fe (la confianza en Dios), hace que nos volvamos al Señor y nos lleva a rechazar el mal y a hacer el bien.

Nos conduce a adorar a Dios, al verdadero Dios, y no al dios de nuestra imaginación. Una meditación de ese tipo no nos vuelve exclusivamente hacia nosotros mismos, sino que dirige nuestra mirada y nuestros pensamientos hacia Jesucristo, quien nos trae “la gracia y la verdad” (Juan 1:17). Es una liberación y una apertura hacia una vida nueva con él.