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martes, 2 de abril de 2013

Anástasis = Transformación radical



Pero cuando oyeron lo de la resurrección de los muertos, unos se burlaban, y otros decían: Ya te oiremos acerca de esto otra vez. (Hechos de los Apóstoles 17, 32)
No, tranquilos, no nos hemos equivocado al colocar este título para nuestra reflexión de hoy. El término griego anástasis significa literalmente “acción de levantar o poner en pie”, como nos indica cualquier diccionario de este idioma. No lo hemos traducido mal. Lo que ocurre es que esta palabra es la que emplea el Nuevo Testamento para indicar la resurrección de los muertos en general y la Resurrección (con mayúscula) de Nuestro Señor Jesucristo, el gran evento pascual que todos los cristianos celebramos en estas fechas. Y entendemos que tal acontecimiento, por demás extraordinario, lejos de suponer únicamente la reanimación de un cadáver o un simple “ponerse (de nuevo) en pie”, según el significado original del vocablo, tiene unas implicaciones para la Iglesia y para el mundo que de ninguna manera deben pasar desapercibidas.
En primer lugar, la anástasis o Resurrección de Cristo supone un gran misterio, un arcano inabordable ya en los propios relatos de los Evangelios y en el resto del Nuevo Testamento, un suceso que se resiste a cualquier tipo de análisis o cosificación realizada por mentes humanas. De hecho, no hallamos en las Escrituras narración detallada alguna ni descripción del evento en sí, lo que no ha dejado de llamar la atención de lectores concienzudos y de los estudiosos del Sagrado Texto. Los cuatro Evangelios son unánimes en declarar que cuando las mujeres llegan al sepulcro de Nuestro Señor, él ya no estaba allí. Las palabras del ángel —o de los ángeles, según las recensiones— dicen con toda claridad: No está aquí. Ha resucitado. Ni siquiera el destacamento de guardia colocado por el gobernador romano, pese a las tradiciones representativas posteriores, contempló el prodigio de la Resurrección; simplemente vieron el resplandor del ángel que hizo rodar la piedra y dejó al descubierto una tumba ya vacía. Laanástasis de Nuestro Señor siempre quedará más allá de la comprobación o de la medición humana. Siempre será un evento metahistórico sólo accesible por medio de la fe, es decir, la confianza depositada en la Palabra escrita de Dios.
En segundo lugar, significa la victoria de la Vida (también con mayúscula) sobre la muerte, vale decir, del Dios revelado en su Hijo, en su Ungido, en tanto que creador y dador de la existencia. No es porque sí que el propio Jesús afirmara en cierto momento de su ministerio: Yo soy la resurrección y la vida, para añadir a continuación: el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá(San Juan 11, 25). Todo el contenido negativo que supone la muerte en las distintas culturas y diferentes sistemas de pensamiento humanos, con su carga inherente de negación, de destrucción del ser y de anonadamiento de la persona, queda ampliamente superado por el triunfo del Señor Resucitado. Las imágenes que plasma esa iconografía naïf de siglos pretéritos, según la cual un Jesús revestido de una amplia túnica purpúrea y ostentado en su mano izquierda una cruz, pone los pies fuera de un sepulcro mientras imparte bendición con la diestra, no son sino una representación casi infantil de la gran verdad de que la muerte es ya un enemigo vencido, que sus terrores no pueden atenazar más a la humanidad, y que la realidad de la vida eterna no constituye únicamente un anhelo legendario o un deseo inalcanzable, sino que es un hecho, un logro obtenido hace ahora dos mil años por un carpintero judío crucificado en quien la Deidad se manifestó de forma plena.
En tercer lugar, la anástasis inicia una nueva era, un mundo nuevo o un nuevoeón, como gustan de decir algunos. Pone el broche definitivo a lo que llamamos en medios cristianos Historia de la Salvación y abre de par en par las puertas a una realidad plena que hasta el momento sólo se vislumbraba por medio de aquellas representaciones plásticas que los autores del Nuevo Testamento califican de sombrasdeloporvenir. Tradicionalmente se ha definido en medios religiosos cristianos el nuevo período como laeradelaSalvación o tambiénlaDispensacióndelaGracia, máxime en ambientes evangélicos. Y sin duda que así es. La Resurrección de Cristo salva al ser humano, vale decir, le devuelve aquella dignidad perdida en los orígenes, poniendo fin al deterioro de su sistema de comunicación con Dios, en primer lugar, con el prójimo, en segundo, y lo más difícil de todo, consigo mismo. La caída, narrada en Génesis 3 con su particular y hermosísimo lenguaje, ha supuesto para nuestra especie una negación de todo aquello que nos hace ser realmente humanos, es decir, imagen y semejanza del Creador, de todo aquello que nos enaltece y nos ennoblece en tanto que criaturas predilectas de Dios. Lejos de ceñirse a una simple y demasiado terrena “impureza”, por lo general circunscrita en exclusiva al ámbito del sexo en la creencia de muchos cristianos actuales, lo que la Biblia llama pecadosupone un estado de permanente debilidad, de constante limitación, de pequeñez innata del hombre ante su propia realidad y su entorno, humano o natural, y que se manifiesta de mil modos distintos. La victoria de Cristo Jesús sobre la muerte ha de implicar, por lo tanto, un ensalzamiento de los valores humanos conforme al propósito divino inicial. La proclamación de la Resurrección del Hijo de Dios en estas festividades de Pascua carecerá, por tanto, de legitimidad bíblica si no comporta un claro mensaje de revalorización de la persona como tal, de la persona en sí, de la persona en tanto que portadora de esa impronta divina que recibe por creación y por redención.
De ahí que, en cuarto lugar, suponga no sólo el anuncio del hecho en sí, sino una militancia activa caracterizada por una clara exigencia de renovación de las estructuras de este mundo corrupto, de estas sociedades despersonalizadoras, deshumanizadoras y alienantes en medio de las cuales vivimos y que en la imaginería bíblica de corte apocalíptico aparecen siempre representadas como bestias monstruosas y antinaturales abocadas a su propia destrucción porque, y nadie se lleve a engaño, los sistemas políticos y económicos de este mundo siempre han sido iguales; en todo momento se han evidenciado como fieras despiadadas, jamás del todo saciadas de sangre humana; nunca han existido “épocas doradas” de justicia, prosperidad y felicidad permanentes para los pueblos, ni siquiera en tiempos remotos, salvo en las mitologías o en los cuentos de hadas; la injusticia, el menosprecio de los poderosos para con los humildes, la explotación de los menos favorecidos por minorías más afortunadas, el pisoteo reiterado de la dignidad humana, han sido una constante contra la cual en su día ya alzaron la voz los profetas de Israel. De ahí que esta exigencia de cambio radical no pueda hacerse si no es con la plena conciencia de ser también hoy una voz profética, algo que es inherente a la condición de heraldos de la Resurrección de Jesús: una voz que reclama con autoridad todo aquello que Cristo nos ha otorgado con su victoria y que implica un juicio devastador por parte de Dios sobre cuanto se oponga a su designio restaurador del hombre.
Por eso, y para concluir, la anástasis supone una renovación, una transformación radical de la Iglesia, del profeso Cuerpo de Cristo. Algo va mal si esa transformación no se produce hoy, si aún no se ha producido. Durante siglos los creyentes hemos sido distraídos de nuestro verdadero cometido, que es la proclamación al mundo del Señor Resucitado y de la Redención por él operada. Que tal mensaje no es fácil de transmitir resulta evidente en el propio Nuevo Testamento. Que puede devenir un motivo de burla ya nos lo muestra la experiencia de los propios apóstoles, como leemos en el versículo que encabeza nuestra reflexión. Pero ello no justifica una historia de la Iglesia en general, y de cada iglesia o denominación en particular, plagada de querellas intestinas, de anatemas y maldiciones, de secesiones y rupturas, de una más que patente carencia de amor y de compasión de unos para con otros, sencillamente porque no se ha comprendido bien cuál es nuestra función como creyentes o porque se ha buscado un camino más fácil, menos expuesto al vituperio de la sociedad. La Resurrección de Jesús debe ser el motivo que nos aúne en una clara misión, un compromiso patente en este mundo contra esos poderes atenazadores y destructores de la persona humana (¿y en qué medida no han constituido las propias iglesias parte integrante de esas fuerzas hostiles a Dios y a los hombres?). No nos corresponde jugar a detentadores de la verdad absoluta, sino proclamar esa Verdad que es Cristo Resucitado. No nos compete juzgar ni destruir a nadie contrario a la proclamación de este mensaje, sino anunciar el juicio que Dios ha operado en su Hijo al levantarlo de entre los muertos. No es nuestra tarea perder el tiempo intentando dilucidar arcanos ocultos que sólo Dios conoce y hacer de ellos nuestras banderas, sino transmitir lo que se nos ha dado a conocer, es decir, a Cristo y Cristo Resucitado.
Quiéralo este mundo creer o no, ríase o no de ello, la realidad es que el Señor Jesús vive y vive para siempre.
No podemos dejar de decirlo, con todas sus consecuencias.
Feliz Pascua de Resurrección a todos nuestros amables lectores.

Autor/a: Juan María Tellería


El pastor Juan María Tellería Larrañaga es en la actualidad profesor y decano del CEIBI (Centro de Investigaciones Bíblicas),Centro Superior de Teología Protestante. / FUENTE: LUPA PROTESTANTE-

sábado, 9 de marzo de 2013

''Los otros mártires''


Marta Velasco presenta en “Los otros mártires” la odisea de las religiones minoritarias en España


(Fuente: Periodistas-es – Manuel López) “Al fin, un actor/autor desvela la intrahistoria”. Así titulé el texto de presentación que el profesor Máximo García Ruiz me pidió para su obra La libertad religiosa en España. Un largo camino.* Esto ocurría en 2006, 30 años después de la publicación de La España Protestante. Crónica de una minoría marginada (1937-1975)**, obra de la que soy autor y cuyo único mérito, de haberlo, consiste en que se encuadra en el tiempo justo en medio de los dos periodos históricos en que fueron escritos y publicados los dos libros de obligada referencia sobre el tema, uno en plena Dictadura, Defensa de los protestantes españoles***, de Juan Antonio Monroy, y otro ya en plena Democracia, La España Evangélica, ayer y hoy, de José María Martínez****.
Manuel López¿Todo dicho, pues, sobre el tema de la discriminación religiosa en España al hilo de la memoria histórica? En modo alguno. Hay muchas historias que investigar, desvelar, documentar y contar, y toda iniciativa editorial en este sentido no merece sino todo tipo de parabienes. Viene esta larga introducción a cuento de la publicación por Akal, con la colaboración dela Fundación Pluralismo y Convivencia y la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, de Los otros mártires. Las religiones minoritarias en España desde la Segunda República hasta nuestros días,***** de Marta Velasco.
“Reconocer a  quienes han protagonizado una lucha en cualquier ámbito es imprescindible para aceptar lo que nos constituye como sociedad”, recuerdan los editores, para añadir que “gracias a  esa resistencia todas las personas que viven actualmente en España, incluidas las que no profesan ninguna religión, pueden gozar plenamente de sus derechos civiles.”
Ahí estamos. Los otros mártires recuerda historias ya conocidas y recuerda algunas inéditas de quienes han sido silenciados durante décadas por las imposiciones sociales, culturales y políticas de los vencedores de la Guerra Civil Española. Una realidad que, como nadie ignora, estuvo marcada por la negación y persecución de cualquier diferencia; porque para el franquismo la “españolidad” se basaba especialmente en tres elementos inamovibles: una única religión, la católica; una cultura única, la castellana;  y, finalmente, en una única ideología, la nacionalcatólica.
Este libro es el resultado de la investigación sobre memoria histórica y libertad religiosa que ha llevado a cabo Marta Velasco, licenciada en Historia, y colaboradora en varios proyectos relacionados con  la recuperación de la Memoria, y de la colaboración entre la Fundación Pluralismo y Convivencia y la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica.
El hecho de que la edición haya sido obviamente apresurada, probablemente por aquello de la prevención de que los recortes del Gobierno afectaran también –como así ha sido en un 60%– al presupuesto de la Fundación Pluralismo y Convivencia– deja, como todo lo negativo o que “necesita mejorar”, tres aspectos positivos de “progresa adecuadamente”: uno, que el libro está editado, y es una obra actualizada de información sobre otras confesiones que también son iglesias además de “la” Iglesia (Católica); dos, presenta el testimonio de personas y colectivos que han participado en la pugna por el derecho a vivir y demostrar públicamente su pertenencia a una entidad religiosa minoritaria; y por último, tres, ofrece exhaustiva documentación histórica con numerosos documentos facsímiles “que posibilitarán al lector el acceso directo a las fuentes de información, sin interpretaciones ni mediaciones, a algunos hechos que son parte de nuestra historia común, y no simplemente la de los creyentes de las diferentes confesiones”.
El otro aspecto positivo: el deseo de que esta edición circule… y se agote pronto, al objeto de que una próxima edición revisada haga plena justicia al aserto “Mejorando lo presente”, habida cuenta de que, aun con sus aspectos mejorables –fuentes documentales, testimonios, bibliografía y un mayor reconocimiento a los precursores de la libertad religiosa en España: el ministro Fernando María Castiella y el secretario ejecutivo de la Comisión de Defensa Evangélica José Cardona Gregori– Los otros mártires es un libro absolutamente recomendable.
——
* Máximo García Ruiz, Libertad religiosa en España. Un largo camino. Prólogo de Juan Luis Rodrigo. Presentación de Manuel López. Consejo Evangélico de Madrid. Madrid, 2006.
** Manuel López. La España Protestante. Crónica de una minoría marginada (1937-1975). Prólogo de José María Díez-Alegría. Sedmay, Madrid, 1976.
*** Juan Antonio Monroy. Defensa de los protestantes españoles. Luz y Verdad, Tánger, 1959.
**** José María Martínez. La España evangélica, ayer y hoy. Clie, Terrassa, 1994
***** Marta Velasco. Los otros mártires. Las religiones minoritarias en España desde la Segunda República hasta nuestros días. Fundación Pluralismo y Convivencia y Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica. Foca Investigación. Ediciones Akal, Madrid, 2012

Autor/a: Manuel López


Manuel López es periodista, fotógrafo, profesor de Comunicación e Imagen y consultor de prensa. Editor adjunto de "Periodistas en Español" (www.periodistas-es.org). Bautista. Miembro de Cristianos Socialistas. / Fuente: Lupa Protestante