Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo. (Efesios 1, 3-4a RVR60)
No es la primera vez que encabezamos alguna de nuestras reflexiones en La Lupa Protestante con un título en latín tomado de alguna sentencia emitida por un autor clásico. La lengua latina —mal que les pese a muchos de sus enemigos declarados, que quisieran verla desaparecer para siempre de las aulas y de todas partes— tiene su propio encanto, su particular sabor cultural en nuestro mundo occidental, románico o germánico, bien ejemplificado en los numerosísimos aforismos que ha generado su literatura en la pluma de escritores cuyo valor es imperecedero. Este que leemos hoy procede del gran orador de oradores Marco Tulio Cicerón, más concretamente de su obra De Oratore II, 9, y es una definición de la historia como disciplina: “La Historia (con mayúscula) es maestra de la vida y testigo de los tiempos”, o sea, tiene una doble función, siempre según el ilustre escritor: informar e instruir al mismo tiempo.